Jack London: ‘Los favoritos de Midas’

Jack London

Eso que se llama intertextualidad ya lo aprovechó con notable éxito un tal Miguel de Cervantes y, antes de él, algunos otros, pero hay que reconocer que el manejo de los recortes que exhibe Jack London en este relato lo coloca entre los primeros de la clase del ‘patchwork’ literario; y todo ese esfuerzo para sumergirnos en una trama desesperada y diabólica en la que un esforzado millonario trata de atajar el acoso, las amenazas, las extorsión y los asesinatos de un (llamémoslo) peculiar grupo terrorista formado por ‘proletarios intelectuales’ y distribuidor a las bravas de la riqueza ajena.

Este es el cuento de London en que se basa la serie de Netflix ‘Los favoritos de Midas’ estrenada en Netflix España en noviembre de 2020. El título original, The Minions of Midas, fue traducido por Jorge Luis Borges (a ver quién discute) como ‘Los esbirros de Midas’ y así lo hemos reproducido en la transcripción de las cartas, pero hemos usado ‘favoritos’ en el título para aprovechar la ola de popularidad de la historia y no despistar a los lectores.

Wade Atsheler ha muerto… ha muerto por su propia mano. Decir que eso resultaba totalmente inesperado para la pequeña camarilla que lo conocía sería faltar a la verdad; sin embargo, ni una sola vez sus íntimos habíamos comentado esa idea. Más bien nos habíamos preparado para ella de una forma subconsciente. Antes de que perpetrase dicho acto, su posibilidad no tenía cabida en nuestros pensamientos, pero cuando supimos que había muerto, de alguna forma nos pareció que siempre lo habíamos sabido y que esperábamos a que ocurriera. Realizando un análisis retrospectivo, podríamos explicarlo por el grave problema que tenía. Lo califico de «grave problema» deliberadamente. Joven, atractivo, asegurado su puesto de mano derecha de Eben Hale, el gran magnate de los tranvías, no tenía motivos para quejarse de su suerte. Sin embargo, habíamos observado que su frente se surcaba de arrugas como si lo acosase alguna preocupación inquietante o pena devoradora. Habíamos visto cómo su cabello negro y espeso clareaba y se volvía canoso como el grano verde bajo un cielo abrasador y una sequía agostadora. ¿Quién puede olvidar, en medio de las escenas divertidísimas que hacia el final buscaba con una avidez cada vez mayor, quién puede olvidar, digo, los momentos de abstracción concentrada y humor sombrío en los que caía? En esas ocasiones, cuando la diversión se extendía en oleadas e iba de pico en pico, de repente, sin venir a cuento, sus ojos se apagaban y fruncía el ceño como si, con las manos apretadas y el rostro echado hacia adelante entre espasmos de sufrimiento mental, luchase al borde del abismo con algún peligro desconocido.

Nunca habló de su problema y nosotros no fuimos lo bastante indiscretos para preguntar. Pero eso no importaba porque, aunque lo hubiésemos hecho y él hablado, nuestra ayuda y nuestra fuerza no habrían servido de nada. Cuando falleció Eben Hale, de quien era secretario de confianza —no, prácticamente era su hijo adoptivo y socio en sus negocios—, dejó de venir con nosotros. Pero no, que yo sepa, porque nuestra compañía le resultase desagradable, sino porque su problema era de tal calibre que no podía corresponder a nuestra felicidad ni encontrar la forma de superar su dolor entre nosotros. En aquel momento no entendíamos por qué era así, ya que cuando se legalizó el testamento de Eben Hale, el mundo se enteró de que él era el único heredero de los muchos millones de su jefe; además, se estipulaba expresamente que tan enorme fortuna se le entregase sin reservas, contratiempos o trabas. A los parientes del fallecido no se les legaba ni una sola acción, ni un solo céntimo. En cuanto a su familia directa, una cláusula asombrosa indicaba expresamente que Wade Atsheler debía entregar a la esposa e hijos de Eben Hale cualquier cantidad que su buen juicio le dictase en aquellas ocasiones en que él considerase oportunas. De haberse producido algún escándalo en el seno de la familia del fallecido o si sus hijos hubiesen sido rebeldes e irresponsables, aquella medida tan inusual podría tener su explicación; pero la felicidad doméstica de Eben Hale había sido proverbial dentro de la comunidad y era necesario viajar mucho y muy lejos para encontrar una prole más saludable, sana y pura. Mientras que su esposa…, quienes mejor la conocían la llamaban, con cariño, «la madre de los Gracos». No es necesario decir que aquel inexplicable testamento acaparó la atención de todo el mundo, pero el público expectante se llevó una decepción porque nadie lo impugnó.

No hace mucho que sepultaron a Eben Hale en su imponente mausoleo de mármol. Y ahora Wade Atsheler está muerto. Esta mañana los periódicos publicaron la noticia. Yo acabo de recibir una carta suya por correo, franqueada, evidentemente, menos de una hora antes de arrojarse a la eternidad. Esta carta, que tengo delante ahora mismo, es un relato de su puño y letra al que se adjuntan numerosos recortes de artículos periodísticos y copias de cartas. Me dice que la correspondencia original está en manos de la policía. Además me ruega, como advertencia a la sociedad del grave y diabólico peligro que amenaza su existencia, que haga pública la espantosa serie de tragedias en las que se vio involucrado sin quererlo. A continuación transcribo el texto en su totalidad:

Fue en agosto de 1899, tras volver de mis vacaciones estivales, cuando recibimos el golpe. Entonces no lo sabíamos, aún no habíamos adiestrado nuestras mentes para aceptar posibilidades tan espantosas. El señor Hale abrió la carta, la leyó y la arrojó sobre la mesa, riéndose. Tras mirarla, también me reí y dije: «Qué broma tan horrible, señor Hale, del peor gusto». Adjunto encontrarás, querido John, un duplicado exacto de la carta en cuestión.

Oficina de los E. de M.

17 de agosto de 1899

Señor Don Eben Hale, magnate de las finanzas

Estimado señor:

Deseamos que genere, de cualquier parte de su vasto patrimonio que considere adecuado, la cantidad, en efectivo, de veinte millones de dólares. Exigimos que esa suma se nos abone a nosotros o a nuestros agentes. Advertirá que no especificamos una fecha concreta, ya que no deseamos apremiarle en lo relativo a este asunto. Incluso podría, si así le resulta más sencillo, pagarnos en diez, quince o veinte plazos; pero no aceptaremos ni un solo plazo inferior a un millón.

Créanos, estimado señor Hale, si le decimos que emprendemos esta acción sin animosidad alguna. Pertenecemos a ese proletariado intelectual, cuyo creciente número de miembros convierte en memorables los últimos días del siglo diecinueve. Tras realizar un profundo estudio financiero, hemos decidido embarcarnos en Este negocio. Sus méritos son muchos, uno de los mayores es que podemos afrontar operaciones importantes y lucrativas sin capital. Hasta el momento hemos tenido mucho éxito y esperamos que nuestra relación con usted resulte agradable y satisfactoria.

Ahora procederemos a explicar en profundidad nuestros puntos de vista. En la base de nuestro actual sistema social se encuentra el derecho a la propiedad. Y ese derecho del individuo a poseer propiedades a fin de cuentas depende, única y exclusivamente, del poder. Los caballeros de Guillermo el Conquistador dividieron Inglaterra y se la repartieron entre ellos por el poder de sus espadas. Esto puede aplicarse —estamos seguros de que así lo reconocerá— a todas las posesiones feudales. Con la invención del vapor y la revolución industrial surgió la clase capitalista, en el sentido moderno del mundo. Esos capitalistas muy pronto destacaron por encima de la antigua nobleza. Los magnates de la industria han desposeído a los descendientes de los señores de la guerra. La mente, en lugar de la fuerza, sale vencedora en la lucha por la existencia de hoy en día. Pero esta situación no depende menos del poder. El cambio ha sido cualitativo. La nobleza feudal de antaño asolaba el mundo a fuego y espada; los magnates financieros de ahora explotan el mundo controlando y poniendo en práctica las fuerzas económicas mundiales. Perdura la inteligencia, en lugar de la fuerza física; y los más aptos para sobrevivir son aquellos que tienen poder intelectual y empresarial.

Nosotros, los E. de M., no nos contentamos con convertirnos en esclavos de un salario. La combinación de grandes compañías y negocios (en la que usted desempeña un puesto) nos impiden ascender al lugar entre ustedes que nuestros intelectos nos capacitan para ocupar. ¿Por qué? Porque no tenemos capital. Pertenecemos a la plebe, pero con esta diferencia: nuestros cerebros se encuentran entre los mejores y no tenemos ridículos escrúpulos éticos o sociales. Como esclavos de un salario, trabajando desde muy temprano hasta muy tarde y viviendo con frugalidad, no podríamos ahorrar en sesenta años —ni en veinte veces sesenta— una suma de dinero que bastase para hacer frente a las enormes agrupaciones de capital que ahora existen. Sin embargo, hemos saltado a la palestra. Y lanzamos el guante al capital mundial. Ya desee este luchar o no, tendrá que hacerlo.

Señor Hale, nuestros intereses nos llevan a exigirle veinte millones de dólares. Aunque somos lo bastante considerados para concederle un plazo de tiempo razonable a fin de efectuar su parte de la transacción, por favor, no se retrase demasiado. Cuando haya aceptado nuestras condiciones, inserte un aviso en el consultorio sentimental del Morning Blazer. Entonces le pondremos al corriente de nuestro plan para transferir la suma mencionada. Será mejor que lo haga antes del 1 de octubre. De lo contrario, para demostrarle que hablamos en serio, en dicha fecha mataremos a un hombre en la calle 39 Este. Será un obrero. Usted no lo conoce; nosotros tampoco. Usted representa una fuerza de la sociedad moderna; nosotros también: una fuerza nueva. Sin ira o rencor nos lanzamos a la batalla. Como fácilmente comprenderá, la nuestra es una propuesta comercial. Usted es la piedra de molino superior y nosotros la inferior; la vida de ese hombre quedará aplastada en el medio. Usted puede salvarlo si acepta nuestras condiciones y actúa a tiempo.

Dicen que existió un rey sobre el que pesaba la maldición de convertir en oro todo cuanto tocaba. Hemos decidido adoptar su nombre como sello oficial. Algún día, para protegernos de la competencia, lo registraremos como propiedad intelectual.

Queremos seguir siendo

LOS ESBIRROS DE MIDAS

Dime tú, estimado John, ¡cómo no íbamos a reírnos de un comunicado tan absurdo! Sin duda la idea estaba bien concebida, pero resultaba demasiado grotesca para tomársela en serio. El señor Hale dijo que la conservaría como curiosidad literaria y la guardó en uno de sus casilleros. Enseguida nos olvidamos de ella. Pero después, el 1 de octubre, al abrir el correo de la mañana, leímos lo siguiente:

Oficina de los E. de M.

1 de octubre de 1899

Señor Don Eben Hale, magnate de las finanzas

Estimado señor:

Su víctima se ha enfrentado a su destino. Hace una hora, en la calle 39 Este, un obrero recibió una puñalada en el corazón. Antes de que usted lea esta carta, su cuerpo yacerá en el depósito de cadáveres. Vaya a ver su obra. El 14 de octubre, como muestra de nuestra seriedad y en caso de que usted no ceda, mataremos a un policía en los alrededores o en la propia esquina de la calle Polk y la avenida Clermont.

Un cordial saludo de

LOS ESBIRROS DE MIDAS

El señor Hale volvió a reírse. Se hallaba inmerso en una potencial operación con una corporación de Chicago por la que iba a vender todos los tranvías que poseía en dicha ciudad, así que continuó dictando a su taquígrafa, sin dedicarle un minuto más a aquella carta. Pero no sé por qué, yo empecé a preocuparme de verdad. ¿Y si no era una broma?, me pregunté a mí mismo. Sin darme ni cuenta, me puse a leer el periódico. Allí estaba. Como correspondía a un miembro desconocido de las clases bajas, le dedicaban media docena de líneas ocultas en un rincón, junto al anuncio de una patente médica:

Esta mañana, poco después de las cinco, en la calle 39 Este, un obrero llamado Pete Lascalle, camino del trabajo, recibió una puñalada en el corazón, asestada por un desconocido que huyó a la carrera. La policía no ha logrado descubrir el motivo de este crimen.

«¡Imposible!», exclamó el señor Hale cuando le leí el artículo. Pero el incidente lo dejó preocupado, porque esa misma tarde, entre varios epítetos que condenaban su necedad, me pidió que pusiera a la policía al corriente del asunto. Tuve el placer de soportar que se mofaran de mí en el despacho del inspector, aunque me aseguraron que investigarían y que, la noche en cuestión, patrullarían sin descanso el entorno de Polk y Clermont. Así quedó la cosa hasta que transcurrieron dos semanas. Entonces, por correo, recibimos la siguiente nota:

Oficina de los E. de M.

15 de octubre de 1899

Señor Don Eben Hale, magnate de las finanzas

Estimado señor:

Su segunda víctima ha caído en la fecha prevista. No tenemos prisa. Pero para incrementar la presión, a partir de ahora mataremos semanalmente. Para protegernos de la injerencia policial, le informaremos del acontecimiento poco antes o de manera simultánea al hecho. Deseando que goce usted de buena salud, se despiden:

LOS ESBIRROS DE MIDAS

El señor Hale cogió el periódico y, tras una breve búsqueda, me leyó lo siguiente:

UN CRIMEN ABYECTO

Joseph Donahue, asignado anoche a una misión especial de vigilancia en el distrito once, recibió un disparo en la cabeza a medianoche que lo mató en el acto. La tragedia tuvo lugar a la luz de las farolas de la esquina de la calle Polk y la avenida Clermont. Nuestra sociedad debe encontrarse en una situación muy precaria cuando los guardianes de su paz son abatidos tan abiertamente y sin justificación alguna. De momento, la Policía no tiene pistas.

Nada más terminar de leer, llegó la policía: el inspector y dos de sus detectives más sagaces. Sus rostros reflejaban inquietud y se les veía muy afectados. Aunque los hechos estaban claros, hablamos durante un buen rato, repasando la situación una y otra vez. Al marcharse, el inspector nos aseguró que pronto lo solucionarían y darían con los asesinos. Mientras, nos asignarían protección al señor Hale y a mí, además de garantizar una vigilancia constante de la casa y sus alrededores. Tras una semana, a la una de la tarde, recibimos el siguiente telegrama:

Oficina de los E. de M.

21 de octubre de 1899

Señor Don Eben Hale, magnate de las finanzas

Estimado señor:

Lamentamos confirmar lo mal que ha interpretado nuestras palabras. Ha creído oportuno rodearse —usted y los suyos— de guardias armados como si fuésemos delincuentes comunes, dispuestos a asaltarle y arrebatarle por la fuerza los veinte millones. Créanos, nada más lejos de nuestra intención.

Enseguida comprenderá, si se detiene a pensarlo, que tenemos su vida en gran estima. No tema. Jamás le haríamos daño. Nuestro sistema consiste en cuidar de usted y protegerlo de todo mal. Su muerte no nos beneficia. Si así fuera, tenga por seguro que no dudaríamos un segundo en destruirlo. Piénselo, señor Hale. Cuando nos haya pagado, se verá en la obligación de reducir gastos. Despida a sus guardias de inmediato y empiece a ahorrar.

A los diez minutos de recibir esta nota, una joven enfermera será estrangulada en el parque Brentwood. Hallarán el cuerpo entre los arbustos que bordean el sendero de salida, a la izquierda desde el quiosco de la música.

Un cordial saludo de

LOS ESBIRROS DE MIDAS

Al instante, el señor Hale hablaba por teléfono e informaba al inspector del inminente asesinato. El inspector colgó enseguida para llamar a la comisaría de la zona y enviar efectivos al lugar. Quince minutos después nos telefoneó para informarnos de que habían hallado el cuerpo, aún caliente, en el punto indicado. Esa noche los periódicos rebosaban de titulares sobre Jack el Estrangulador que denunciaban la brutalidad del crimen y se quejaban de la negligencia policial. Volvimos a reunirnos con el inspector, quien nos rogó que guardásemos el secreto. Dijo que el éxito de la operación dependía de nuestro silencio.

Como bien sabes, John, el señor Hale era un hombre de hierro. Se negó a rendirse. Pero, John, aquello… aquella fuerza ciega en la oscuridad era algo terrible, no, espantoso. No podíamos luchar, ni hacer planes, nada, excepto cruzarnos de brazos y esperar. Semana tras semana, a ciencia cierta, nos llegaba el aviso y alguien moría, hombre o mujer, inocente o culpable, pero su muerte recaía sobre nuestras conciencias como si lo hubiésemos matado con nuestras propias manos. La carnicería habría terminado con un solo gesto del señor Hale. Pero él se mantenía duro y esperaba, las arrugas del rostro cada vez más profundas, los ojos severos y firmes, avejentado a marchas forzadas. No es necesario que hable de mi propio sufrimiento durante aquel terrible período. Adjunto también las cartas y telegramas de los E. de M. y los artículos de prensa sobre los distintos asesinatos.

Además, podrás ver las cartas que advertían al señor Hale de ciertas maquinaciones de sus enemigos en los negocios y de las manipulaciones secretas de acciones. Al parecer, los E. de M. le habían tomado el pulso al mundo financiero y empresarial. Conseguían información —y nos la enviaban— que nuestros agentes no lograban obtener. Una nota muy oportuna de ellos, en un momento crítico de cierto negocio, permitió que el señor Hale se ahorrase cinco millones. En otra ocasión nos mandaron un telegrama que probablemente fue lo que evitó el éxito de una maniobra anarquista para acabar con la vida de mi jefe. Capturamos al hombre en cuanto llegó y lo entregamos a la Policía. Llevaba encima tal cantidad de un nuevo explosivo, muy potente, que habría podido hundir un acorazado.

Perseveramos. El señor Hale estaba empeñado en aguantar. Desembolsaba cien mil dólares a la semana para pagar una investigación privada. Se solicitó la ayuda de los agentes de Pinkerton y otras agencias privadas de detectives. Por si fuera poco, sumamos a nuestra nómina varios miles más de nombres. Nuestros agentes pululaban por todas partes y, ocultos bajo todo tipo de apariencia, se infiltraron en todas las clases sociales. Siguieron miles de pistas, encarcelaron a cientos de sospechosos y, en varias ocasiones, se mantuvo bajo vigilancia a miles de personas susceptibles de ser culpables, pero nada tangible salió a la luz. Los E. de M. cambiaban continuamente la forma de entregarnos sus comunicados. De inmediato se arrestaba a todos sus mensajeros. Pero siempre se trataba de individuos inocentes y las descripciones que hacían de la persona que los había contratado nunca concordaban. El último día de diciembre recibimos el siguiente aviso:

Oficina de los E. de M.

31 de diciembre de 1899

Señor Don Eben Hale, magnate de las finanzas

Estimado señor:

De conformidad con nuestra política, con la cual a estas alturas lo suponemos más que familiarizado, deseamos manifestar que despediremos de este valle de lágrimas al inspector Bying, con el que, gracias a nuestras atenciones, mantiene usted tan buena relación. A esta hora acostumbra estar en su despacho. Mientras usted lee la presente, él expira su último aliento.

Un cordial saludo de,

LOS ESBIRROS DE MIDAS

Solté la carta y corrí al teléfono. Sentí un alivio enorme al oír la voz jovial del inspector. Pero, mientras hablaba, su voz se convirtió en un sollozo balbuceante y percibí el golpe de un cuerpo al caer. Luego una voz extraña me saludó, me envió recuerdos de los E. de M. y colgó. Enseguida llamé al teléfono público de la comisaría y les dije que acudieran de inmediato al despacho del inspector y lo ayudasen. Aguardé al teléfono y unos minutos después me informaron de que lo habían hallado bañado en su propia sangre, expirando su último aliento. No había testigos y no encontraron ni rastro del asesino.

A partir de ese momento, el señor Hale aumentó su ejército de detectives hasta desembolsar un cuarto de millón a la semana. Estaba decidido a vencer. El total de sus pagos escalonados superaba ya los diez millones. Tú tienes idea de cuáles eran sus recursos y ya ves de qué forma recurría a ellos. Decía que luchaba por sus principios, no por su oro. Y debemos admitir que su táctica demostraba la nobleza de sus motivos. Los departamentos de policía de todas las grandes ciudades cooperaban e incluso el gobierno de Estados Unidos se sumó a la lucha, por lo que el asunto se convirtió en una de las cuestiones de estado más importantes. Ciertos fondos para imprevistos de la nación se asignaron al esfuerzo por descubrir a los E. de M. y todos los agentes gubernamentales estaban sobre aviso. Pero todo en vano. Los Esbirros de Midas prosiguieron con su detestable tarea sin obstáculos. Sabían lo que hacían y sus golpes siempre eran certeros.

Pero, aunque luchó hasta el final, el señor Hale no pudo lavarse las manos de la sangre que las manchaba. A pesar de que técnicamente no era un asesino, aunque ningún jurado lo habría condenado, la muerte de cada individuo pesaba sobre él. Como ya he dicho, la carnicería habría terminado con un solo gesto suyo. Pero se negaba a hacerlo. Insistió en que se trataba de un asalto a la integridad de la sociedad, que no era lo bastante cobarde para desertar de su puesto y que resultaba manifiestamente justo que unos pocos sufrieran martirio por el bien último de la mayoría. Sin embargo, se sentía responsable de aquella sangre derramada y la tristeza se iba apoderando de él. Sobre mí pesaba la culpa del cómplice. Mataban despiadadamente a bebés, niños y ancianos, y los asesinatos no solo se producían en nuestra ciudad, sino que se distribuyeron por todo el país. Una noche de febrero, cuando estábamos sentados en la biblioteca, alguien llamó a la puerta insistentemente. Al ir a abrir, encontré la siguiente misiva sobre la alfombra del vestíbulo,

Oficina de los E. de M.

15 de febrero de 1900

Señor Don Eben Hale, magnate de las finanzas

Estimado señor:

¿Acaso su alma no llora por la cosecha de sangre que está recogiendo? Tal vez hayamos sido demasiado abstractos en nuestra forma de dirigir este negocio. Concretemos. La señorita Adelaide Laidlaw es una joven de gran talento, del que posee tanto como belleza, según tenemos entendido. Es hija de su viejo amigo, el juez Laidlaw, y sabemos que usted la llevó en sus brazos cuando era niña. Es la mejor amiga de su hija y, en estos momentos, se encuentra visitándola. Cuando sus ojos hayan leído estas líneas, su visita habrá llegado a su fin.

Un cordial saludo de

LOS ESBIRROS DE MIDAS

¡Dios mío! Enseguida comprendimos lo que aquello significaba. Cruzamos corriendo todos los salones, allí no estaba, hasta llegar a las habitaciones que ocupaba. La puerta estaba cerrada con llave, pero la derribamos arrojándonos contra ella. Allí yacía, con el atuendo que acababa de ponerse para ir a la ópera, asfixiada bajo los cojines del sofá, con el rubor de la vida aún presente en su rostro y el cuerpo flexible y cálido. Permite que me ahorre describir aquel horror. Sin duda recordarás, John, los informes de la prensa.

Más tarde, esa misma noche, el señor Hale me pidió que fuera a verlo y me hizo prometerle ante Dios que lo apoyaría, sin transigir, aunque todos sus parientes y amigos desaparecieran.

Al día siguiente me sorprendió su alegría. Había supuesto que se sentiría profundamente conmocionado por aquella última tragedia: pronto comprobaría hasta qué punto. Durante toda la jornada se mostró alegre y contento, como si por fin hubiese encontrado la forma de librarse de aquel problema aterrador. A la mañana siguiente lo hallamos muerto en su cama, con una sosegada sonrisa en el rostro preocupado. Asfixia. Con la complicidad de la Policía y demás autoridades, dijimos que había sufrido un infarto. Nos pareció más sensato ocultar la verdad. Pero de poco nos sirvió, como el resto de nuestros esfuerzos.

Acababa de abandonar el aposento del fallecido cuando —aunque llegaba tarde— recibí la extraña carta que sigue:

Oficina de los E. de M

17 de febrero de 1900

Señor Don Eben Hale, magnate de las finanzas

Estimado señor:

Esperamos que perdone nuestra intromisión, cuando acaba de sufrir una pérdida tan grande como la de anteayer, pero lo que deseamos decirle puede resultar muy importante para usted. Hemos pensado que tal vez intentaría huir de nosotros. Al parecer, existe una forma de hacerlo, como sin duda ya habrá usted descubierto. Pero deseamos informarle de que esa salida también le está vedada. Usted puede morir, pero morirá fracasando y reconociendo su fracaso. Recuerde: Formamos parte integral de sus posesiones. Pasaremos a manos de sus herederos y sucesores junto con sus millones.

Somos lo inevitable. Somos la culminación de los males sociales e industriales. Nos enfrentamos a la sociedad que nos ha creado. Somos los fracasos victoriosos de la era, el azote de una civilización degradada.

Somos hijos de una perversa selección social. Respondemos a la fuerza con fuerza. Solo los fuertes resistirán. Creemos en la supervivencia de los mejores, en la ley del más fuerte. Usted ha aplastado a sus esclavos del salario y ha sobrevivido. Los señores de la guerra, a sus órdenes, han matado a tiros, como perros, a sus empleados en una veintena de huelgas sangrientas. Utilizando esos medios, usted ha sobrevivido. No nos quejamos del resultado porque reconocemos la misma ley de la Naturaleza y por ella existimos. Todo esto plantea una pregunta: En el entorno social actual, ¿quién sobrevivirá? Nosotros creemos que somos los más fuertes. Usted cree que es el más fuerte. Dejaremos que lo decidan el tiempo y la ley.

Un cordial saludo de

LOS ESBIRROS DE MIDAS

John, ¿te extraña ahora que rehuyese el placer y evitase a los amigos? Pero ¿para qué explicarlo? Sin duda, esta carta te lo aclarará todo. Hace tres semanas que falleció la señorita Adelaide Laidlaw. Desde entonces he esperado entre el miedo y la esperanza. Ayer se validó el testamento y se hizo público. Hoy me notificaron que asesinarían a una mujer de clase media en el parque del Golden Gate, en la lejana ciudad de San Francisco. Las ediciones vespertinas de los periódicos ya ofrecen los detalles del brutal suceso; detalles que se corresponden con los que me proporcionaron por adelantado.

Es inútil. No puedo luchar contra lo inevitable. Siempre he sido fiel al señor Hale y he trabajado muy duro. No comprendo por qué recompensa de esta forma mi lealtad hacia él. Sin embargo, tampoco puedo traicionar su confianza, ni faltar a mi palabra transigiendo. Con todo, he decidido que no pesarán más muertes sobre mi cabeza. He legado todos los millones que acabo de recibir a sus legítimos propietarios. Que los hijos fieles y leales de Eben Hale luchen por su propia salvación. Cuando leas esta carta yo ya me habré ido. Los Esbirros de Midas son todopoderosos. La policía, impotente. Ellos mismos me han dicho que otros millonarios han sido multados o perseguidos de la misma forma. No se sabe cuántos, porque cuando uno se rinde ante los E. de M., guarda silencio para siempre. Los que no se han rendido aún, recogen sus cosechas de sangre. El lúgubre juego sigue en marcha. El gobierno federal no puede hacer nada. Tengo entendido que en Europa también han surgido organizaciones similares. Los pilares de la sociedad se tambalean. Las potencias y autoridades son como teas preparadas para arder. En lugar de las masas contra las clases, es una clase la que lucha contra las demás. A nosotros, los guardianes del progreso humano, nos señalan y nos abaten. La ley y el orden han fracasado.

Los responsables de este asunto me han pedido que guarde el secreto. Así lo he hecho, pero ya no puedo continuar. Se ha convertido en una cuestión de importancia pública, plagada de nefastas consecuencias, y cumpliré con mi deber antes de abandonar esta vida informando al mundo del peligro que corre. Mi última petición, John, es que hagas pública esta carta. No temas. El destino de la humanidad está en tus manos. Que la prensa reparta millones de copias, que el telégrafo le haga dar la vuelta al mundo. Dondequiera que los hombres se encuentren para charlar, que hablen de este asunto y tiemblen de miedo. Entonces, cuando se haya despertado por completo, que la sociedad se alce en todo su poderío y destierre esta abominación.

Se despide de ti, para siempre

Wade Atsheler

 

Jack London: Cuentos completos